foto de Grupo
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El ‘Diari’ baja al garaje de la ciudad, la cova urbana de Tarragona, acompañado por Òscar Cadiach, uno de los alpinistas más reconocidos de todos los tiempos

Quedamos a las 19.30 en la puerta del Abacus. Allí nos encontramos con los topos de Tarragona. Los dos vicepresidentes de la SIET (Societat d’Investigacions Espeleològiques de Tarragona), José Luis Almiñana y Àngel Samaniego. Encabezan la expedición junto a Òscar Cadiach, el prestigioso alpinista tarraconense que suma once ochomiles en contraste de los ocho pisos y la azotea de mi bloque que un servidor ha escalado. Les persigue un numeroso grupo que se ha decidido a explorar el suelo suburbano de la ciudad, entre ellos Josep Manel Anglada, el primer español en escalar un ochomil, el Annapurna, en 1974. También se une al grupo algún integrante del joven grupo de aventuras Pinfloys. Allá vamos.

Entramos en un parking y bajamos unos pisos. No sé cuantos. Pero demasiados. Adapto el neopreno a mi cuerpo de escalador de pisos. Me corono el casco y ya me siento Indiana Jones. Un efecto que se esfuma en cuanto bajo la escalera metálica que da acceso a la Cova Urbana. Silencio, se desciende.

Mientras Cadiach, Almiñana y Samaniego se deslizan como en casa, sudo y sufro para inventarme apoyos a mis pies. Pero disfruto. Todo es nuevo y distinto. En mi vertiginosa adaptación aflora una sensación de relax que el agua se encarga de quebrar. Llegamos al final, o eso pienso yo. Pero me cuentan que se trata de un sifón: para prolongar la aventura debes bucear un metro. Arduo obstáculo que mis dotes como submarinista solventan. Llegamos a la sala de La Platja. Se ve cómo la belleza de Tarragona se filtró hasta su suelo. Seguimos.
Tramo final. La Galeria del Fang. Casi sin querer me someto a un tratamiento de cutis. Hay barro por todas partes. Pies y suelo se pegan, mientras tratamos de escalar un suelo formado de bloques que se han ido desprendiendo del techo. Llegamos a lo que se adivina como un minúsculo lago. En realidad, se trata de un largo sifón que conduce a la Sala Rivemar, una vasta superficie inundada de agua. Pero no tenemos equipos de buceo ni la licencia. Toca volver.

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