[Relato de Javier Reiriz Villar, participante en el concurso de artÃculos y relatos de montaña]
El barrio en el que me crié pasarÃa por un barrio corriente si no fuera por el rÃo. Supongo que eso es precisamente lo que por aquel entonces le hacÃa ser un barrio tan especial y que viniese tanta gente a visitarlo.
En verano el rÃo era el lugar de reunión de muchos vecinos. TenÃa mayor poder de convocatoria que la taberna o, incluso, que la mismÃsima iglesia, lo que dice mucho en su favor pues por aquellos tiempos los templos mantenÃan unos niveles de audiencia más altos que los campos de fútbol.
Cuando el calor apretaba de lo lindo allà nos reunÃamos para bañarnos, tomar el sol en sus campos de tierna hierba o jugar descalzos con cualquier cosa que rodase y se pareciese a una pelota. En el mes de junio, con los primeros calores, era curioso ver, cubiertos a veces por el bañador, a los todavÃa blancos cuerpos que se asomaban por vez primera al aire libre. Esos cuerpos, con los efectos de los rayos del sol, pronto perdÃan su nÃveo aspecto para tornarse dorados por el bronceado, pasando antes por el inevitable tono rosado, que nos daba la apariencia de cochinillos recién paridos y que tanto nos molestaba. El rÃo aceptaba de buen grado esta afluencia de gente y también todos los juegos que desarrollábamos en su entorno hasta bien entrado el atardecer. Era en ese momento cuando muchas madres, cargadas con enormes cestos de ropa sobre su cabeza, acudÃan a hacer la colada en su coqueto lavadero. Desde el lugar de baño las oÃamos conversar sobre los quehaceres y problemas domésticos, cuando no discutir o tirarse mismamente de los pelos. No les prestábamos demasiada atención aunque ellas siempre estaban pendientes de nosotros.
SolÃa quedarme a contemplarlo muchas tardes, cuando la gente se marchaba, y hablaba con él de tú a tú, como si de un igual se tratase. Me daba la sensación de que escuchaba y entendÃa lo que le decÃa, porque mientras yo hablaba él permanecÃa en silencio y cuando yo callaba los sonidos de sus rápidos se elevaban por encima de los cantos de pájaros y ranas que en él moraban. HabÃa cierta complicidad entre nosotros. Ahora lo sé con certeza.
En los dÃas nublados, cuando el baño no apetecÃa, era frecuente vernos con las cañas de pescar recorriendo sigilosamente los rincones más apartados, donde pensábamos que podÃan estar los mejores ejemplares de trucha y anguila. Nosotros por aquel entonces no lo sospechábamos pero los peces debÃan estar sobre aviso, a juzgar por la falta de capturas con las que siempre regresábamos a casa. No se me quita de la cabeza la idea de que era él quien de alguna manera los avisaba. Siempre me pareció escuchar su risa ante nuestros fracasos, pero me cuidé mucho de decÃrselo a nadie, so pena de que me tomasen por loco.
Pasé mi infancia y parte de mi juventud en ese barrio, yendo con asiduidad al rÃo, bien a tomar baños, bien a conversar, y en todos esos años no hubo ningún percance digno de mención. Años después de haberme ido me enteré por la prensa de que un par de industrias se habÃan instalado en su ribera. Eran industrias contaminantes que en ocasiones abrÃan sus compuertas y dejaban escapar su veneno. En varias ocasiones la población de peces y batracios habÃa sido prácticamente exterminada. Yo imaginaba lo que debÃa estar sufriendo dado el mimo con que cuidaba a sus habitantes y tenÃa ganas de ir a verlo para conversar, mas la distancia que nos separaba lo hacÃa imposible.
Pero la gota que colmo el vaso fue la canalización. Los terrenos por los que discurrÃa eran demasiado valiosos como para dejarlos sin edificar y el ayuntamiento previendo jugosos ingresos recalificó el terreno y lo vendió a las constructoras para hacer una nueva zona residencial y un macro centro comercial. Para ello hubo que canalizar dos kilómetros de su curso; precisamente los que correspondÃan a mi barrio. La respuesta no se hizo esperar.
Estoy leyendo la prensa desde la distancia y las lágrimas afloran a mis ojos, rancias y amargas. En una crecida sin precedentes el rÃo ha explotado y ha reventado toda la canalización, arrasando todo lo que ha encontrado a su paso. Resultado: Seis muertos, cuantiosos heridos y centenares de personas sin hogar. Lloro porque esto se podÃa haber evitado. De estar yo cerca él me habrÃa avisado, me hubiese dado alguna señal para evitar la catástrofe, como solÃa hacer en las largas tardes que pasábamos conversando. Ahora vuelve a discurrir hecho un monstruo por su cauce natural, libre de ataduras. Las que antaño fueron aguas cristalinas y puras ahora discurren por mi barrio revueltas, tal vez para ocultar el color de la sangre, el olor de la tragedia.


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